“Si Elvis hubiera sido mujer, probablemente habría sonado como Kim Lenz”, escribió alguien, no hace mucho, en la edición norteamericana de la revista Rolling Stone. Los periodistas musicales, siempre tan exagerados y tan dados a comparaciones, muchas veces inútiles. ¿Queréis otra, posiblemente igual de inútil, pero de mi cosecha? Chris Isaak. No me cuesta nada imaginar “Touch me”, la canción que abre el disco, interpretada por un primer y crepuscular Chris Isaak a quien alguien le hubiese despojado de sus tics más ochenteros. A partir de ahí se inicia una visita guiada a través de una larga lista de sonidos añejos americanos: el country-blues (“That’s the breaks”), el western-swing (“Ramblin’ feeling”, “I’ll tell you when”), el rock’n’roll primitivo (“Know-it-all”, “Shined up and ready to shout”) y sobre todo el rockabilly, que ejerce como motor propulsor del disco. Piezas como “Zombie for your love” o “Chocolate eyes”, escritas por Kim, no desmerecen al lado de “Speed limit”, un clásico de Tommy Lam recuperado para la ocasión.
Vertebra todo el álbum un sonido clásico y poderoso, en buena parte culpa de la grandiosa banda que acompaña a Kim en la grabación: los espectaculares Jake Erwin (contrabajo) y Scotty Tecce (batería) marcando el ritmo, y el no menos sensacional Nick Curran (a quien descubrimos el año pasado al frente de los Lowlifes) a la guitarra. Todo un tratado de rockabilly que gustará a los que aprecian los sonidos que generaban aquellas tierras en la prehistoria del rock’n’roll.
